Bajo la mirada del escritor distante

thomas-pynchon

Por Víctor H. Concilión  

“Todo en mis novelas es verdad

porque todo en ellas es inventado”

Boris Vian

Introducción

El entonces distante Tcivro Cionnolic, ecuménico monomaníaco, pronunciaba una de sus sentencias más emblemáticas frente al espejo de su recámara cuando su cuello resentía la amargura de un lazo despreocupado: “La febril obsesión no impide velar el arte que muestra la mente intrépida del hombre fraguado en una vida desamparada. Para mí, toda creación es un padecimiento y cada padecimiento es una creación. El dolor se sujeta al escrutinio. Algo que considero espantoso”. Las palabras de Cionnolic si bien intrigantes en su momento, provocaron separación, vacío, ausencia. Provocaron distancia.

El absurdo de Cionnolic es que su vida si bien alejada de la comodidad y los avatares de la vida estrictamente social, finalmente, en un estado de orfandad, recurrió a la salida más descuidada para olvidar su dolor. Evento cuestionable en su persona pues aún en sus más fríos comportamientos con sus “amigos” siempre aludía a que una de las necesidades básicas de todo escritor era el rasgo cómico del desamparo. Por lo que es bastante extraño que un hombre tan particular en su arte, consciente plenamente de la relación creador=extraño (?), sufriera las consecuencias de sus propias palabras.

Semanas antes del suceso Cionnolic reunió a varios conocidos suyos para compartir una sencilla recepción en su casa. Es sabido que en dicho convite Cionnolic solo buscaba una simple finalidad: a través de una despedida elegante y vanidosa quería promover su nueva novela como signo único de que la osadía del abandono literario prefigura la leyenda del artista y no la predicción lamentable de los controles mediáticos del mundo conocido.

En su novela de tres hojas, cada una concebida como molde autorreferencial de la otra, Cionnolic solo quería dejar en claro su esencia como creador sádico para la eternidad, buscaba constatar su inmensa función crítica ante la realidad de los otros, dejar en claro el vestigio preciso de un pensamiento auténtico y no recurrente a las naturalezas vagas de la comodidad creativa. Huelga decir  que su breve escrito concebía la concepción primaria de una calamidad futura llamada escritor distante.

Egodi Vedrasaa y Brielga Ese Erre, recurrentes distantes la literatura sincrónica, hombres introducidos en el lamento supuesto de la historia conceptual y autores de la célebre pero nada vendida antología sobre los escritores “concretos” llamada Pequeño vacío del documento añadido, coincidieron en que Cionnolic era un distante crónico, sumergido como muchos de ellos en la salvedad del abandono más tenebroso, un apasionado terrible de la palabra sentenciosa, involucrado en eventualidades creadoras místicas nada favorecedoras para una personalidad tan azarosa como la suya.

“No hay posibilidad creadora si el pensamiento se encuentra violentado por una soledad tan insondable como la que sujetaba el alma de pobre Cionnolic”, comunicaba Vedrasaa.

En su caso, Ese Erre pronunció: “Todo final es sentido autorreferencial, es alternancia. Es la creación de un nuevo mundo apartado de los otros. Ahí tú eres el único Dios. Nadie más. Tcivro Cionnolic cometió el acto mismo de la autorreferencialidad. Solo eso. Ese es su gran logro”.

Por su parte, en uno de sus ensayos ficcionales presentado en un Congreso de Literatura, Ctorvi F. Tarainza, ominoso terrible de la literatura distante, comentó que dentro de los círculos literarios alternativos de ficción, se mencionaba que Cionnolic padecía de epipoglamia, enfermedad terrible, viral solo entre distantes, poco recurrente en escritores de la manada editorial.

Según Tarainza, dicha enfermedad se transmitía a través de una especie de toxina sideral que provocaba signos graves de depresión y algunas veces casos de articulación verbal deficiente: “El estado del pobrecillo escritor llegó a una saturación de toxinas en su cuerpo y mente que cometió, sin pensarlo, el acto mismo del deceso. Es verdad, hoy vivo en lamento por su cometido, pero tal vez mañana en mi guarida retendré el poder de sus palabras exactas y atroces” (Tarainza, 27).

El texto de Cionnolic terminaba con una frase por demás confusa que ha motivado infinidad de estudios, por demás risibles (sinceramente), pero que es la sentencia máxima del llamado escritor distante: “Si todo parte de una idea falsa el mundo agoniza. El arte ha muerto en la sino de sus creadores. La locura del arte no es la locura del hombre, sino el reflejo de una eventualidad creativa”.

Bajo la mirada del escritor distante

Cuando se cree ser alguien, algo, se corre el riesgo (…)

de transformarse en arquetipo, en caricatura”

Juan José Saer

Apoyado en una manía personal por leer un tipo de literatura que califico de distante, tanto por su constancia obsesiva accesible a un lector mentalmente ido como por la necesidad del escritor a ser un hombre inmotivado en la carrera del destino literario, la provocación del texto distante recae en una especie de placer incongruente que motiva las necesidades básicas de lectura de un descifrador puntual y concluyente llamado lector anómalo.

Esta escritura es un volumen de perplejidades radicadas en el infortunio de la minoría descabellada, su alma descansa y se introduce por un tipo de escritor nada venturoso, personalmente desamparado, asentado en su escondite apacible, preocupado solo por la necesidad de concertarse en su propia suspensión de creador sádico.

Dentro de un agravante sugestivo necesariamente misterioso, alejado de la habitual estancia, es donde yace el alma del distante.

El escritor distante se recrea en una imaginación nada vulnerable al academicismo ni a la fácil lectura, pues es dado a tomar caminos poco apacibles para ese lector dormido e idealizado en lo comúnmente admitido.

Ciertamente lo anómalo es el principal espectador y vital arquitecto de la dicha de este tipo de escritor. J.D. Salinger, EgodiVedrasaa, Rubem Fonseca, Varo Chanco, WitoldGombrowicz, Ctorvi  F. Tarainza, Francisco Tario, Brielga Ese Erre, Thomas Pynchon o TcivroCionnolic yacen en la espesura distante, pues se muestran a tope con ella fabricando su libre estancia sin motivaciones recurrentes de algún brillo en particular, buscando solo el alma coronada de sombras que les permita desencantarse de una realidad que poco o nada les acomoda.

Cada uno de ellos está en el más allá, en duermevela, bajo el cobijo de una conspiración recurrente, sustentada, como todo su mundo, en la posibilidad paranoica del más cuerdo de los desdichados.

El distante no es un solitario sin esperanza, más bien es un escritor que genera su inspiración a través de funciones poco descifrables que ni él mismo se detiene a justificar.

Thomas Pynchon es la máxima expresión del escritor distante. Es un contrario. Un contrario asimétrico, pues su mundo se concentra a partir de una idea paradójica e indefinida. Es un distante fatal: su literatura es efectiva, enciclopédica y referencial, bastante condensada pero primorosa en su función literaria, cimentada en una originalidad estacionaria; no tiene nada de  motivacional ni mucho menos algún rasgo apacible; es certera y repleta de giros lingüísticos bastante atrayentes que ponen en aprietos al siempre lector descuidado.

La obra del escritor norteamericano genera finura una vez precisado el dilema inicial. Es un virtuoso de la farsa, lo picaresco y lo estrictamente irónico. Su complejidad técnica es una exquisitez incomprendida, pues como todo escritor distante, es brutalmente literario. Es un sado-anarquista precisado en la serenidad más transgresora.

El distante por excelencia, de imaginación y talento sobrenatural, aun en su poblada vida de ficción (refugiado en su estado de aislamiento) no desmerece la atención de la crítica especializada ni de los lectores anómalos que se estremecen con su obra. No es de extrañar que los grandes críticos como James Wood o Harold Bloom lo consideren como uno de los pilares de la narrativa contemporánea.

El deleite poético de Pynchon se hace presente cuando su universo revolucionario comienza a reproducir perfección. Su mundo ficcional es polifonía narrativa pura. Se articula en un espacio improcedente, colosal y totalitario, donde numerosos personajes por momentos irreflexivos y contrapuestos transitan por lugares nada óptimos; donde el cine, la música y la poesía desencadenan una plétora de ideas generadoras de historias cargadas de comicidad, a veces imperceptibles y vagabundas, con un lenguaje selecto que bajo ninguna forma concibe estado alguno  de serenidad.

Nada es finito en su literatura. Finito equivaldría a compactar su mundo y eso generaría imposibilidad creadora: su mundo es el vacío porque ahí reside todo lo sorprendente y absoluto. Todo lo distante.

El discurso narrativo y los mundos imaginados del hombre cobijado por una careta figurada con las consecuentes interrogaciones ¿Quién soy? ¿Quién es? ¿Quién eres?, son parecidos a una espora calamitosa que te aprisiona de golpe y te pone de cabeza, seduciéndote con un fraseo cadencioso de barbaridades léxicas inigualables, que al cubrirte con sus bacterias necesariamente productivas busca establecer un lazo único de compatibilidad: el lector anómalo=distante es el primero en caer, presa del poderoso microbio ya ramificado en su cerebro.

La alerta es prefijada al contacto: Pynchon transige los límites de la imaginación, relativiza la realidad y desencadena la monstruosidad textual cuando menos te lo esperas.

Tonio Kroger en su particular concepción de personaje de ficción sostenía: “Se debe morir para la vida si se pretende ser cabalmente un creador”. ¿Verdad incuestionable o sentencia fugaz cargada de inocencia? Tal vez un axioma que pretende desencadenar una manía de figuraciones que muchos escritores toman como sustancia y la convierten en motivación personal, pue sin motivo externo que genere proclividad al ejercicio creador no hay literatura, no hay poesía.

Para el crítico argentino Juan José Saer el escritor no es nadie, solamente ausencia. El escritor nunca  debe buscar ser alguien pues no le corresponde definirse ni mucho menos llenar su mundo de piezas o imágenes sociales. Es un ser que construye su universo constantemente, pero siempre deberá estar apartado de la normal comodidad. Parte de cero. Es un ausente.

Para el escritor distante conservar el signo de la ausencia es preservar una maniobra firme que le motive una existencia supuesta como la de todo creador engendrado en lo que podemos llamar “estado inverosímil” o “estado estacionario”. El designio de la percepción anónima del creador distante resulta de la ausencia que lo circunda: el acto mismo lo arrebata del mundo contagiado de peligros y se asienta en una espacialidad sin fondo ni forma como la naturaleza misma de un arte en busca de su aparente originalidad.

Y Thomas Pynchon es distancia creadora, voluminosa y poderosa. Es naturaleza distante.

ANEXO: Se comenta que en la reunión organizada por Tcivro Cionnolic (ya entrada la noche, en un cuarto con poca luz, donde su rostro no transmitía signo alguno de autenticidad), figuraba el mismísimo Thomas Pynchon degustando una empanada de judías con gran inquietud. Nadie supo ni sabía en ese momento la causa de tan extraño comportamiento. Finalmente, la causa fue notable, pero nadie se atrevió a mencionarla.

Autor: Letras Cualquiera

Revista independiente de periodismo que escribe, retrata, crítica y narra desde la esquina de Latinoamérica. Tijuana, Baja California.

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