Todo parte de una idea falsa

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Por Víctor H. Concilión

“Quizá queda algo de qué escribir”

Joseph Conrad.

Escribir es artísticamente imposible, atreverse a hacerlo es convertir cada pensamiento único en sentencia. El escritor es un cubierto de mentira: solo significa en su función más loca.

Toda escrito es un arte simulado, concretamente inverosímil en su condición, una ficción que trata de significar un extracto de pureza. Lo que encontramos hoy en día son cuestionamientos universales para no reclamar la partitura personal que defina al creador.

Definirse es un suicidio dentro del circuito inmenso de las posibilidades por donde transita el temor literario, pues todo estudio de las definiciones es una carga que nunca se permite exorcizar: el artista aloja en su careta de dios un presunto desajuste mecánico que no lo deja ser. El artista, escritor consternado, solo ejecuta posibilidades dentro de las imposibilidades. El escritor es una paradoja.

Boris Vian apuntaba que la función de sus novelas era una expresión de veracidad porque todo en ellas es una invención, de esta manera es de suponer que la creación sustentada en la “posibilidad del verosímil” conlleva también una función supuesta que no es estrictamente posible presentarla como una construcción formal, pues sus armazón parte de una realidad fingida que remite a una invención real. Esa es la función del absurdo en el arte, o lo que podríamos considerar como su doble función, su Doppelgänger generador de osadías perfectamente orquestadas.

Todo lo que parta de una idea falsa es creación. Y el productor de ideas, nacido de la vasta ciudad, es el pensamiento: Todo pensamiento es una creación. De ahí que todo lo creado sea desatado e increíblemente osado, pocas veces sumergido en la temeridad del verosímil. Entonces, toda creación superpuesta ante un momento de falsa motivación e inexistente escenario es un sin sentido.  Este mismo ensayo producido bajo los efectos de lo inadmisible es un artefacto improbable de pureza; pero es productor, estrictamente de creación, aparente, desmotivada, pero creación.

Partir de una idea falsa es tomar como recurso lo improbable y hacerlo valioso, pero dejando un rasgo de abandono que procure originalidad. Tomar una idea falsa para conjuntarla con otra todavía más falsa es como surge lo inverosímil, pero también lo verosímil. El atributo de la invención es la doble manía. Ese es el juego paradójico del quehacer artístico, principalmente literario.

“Soy común, es decir, nadie”

Procurando establecer los patrones contemporáneos del silencio como un acto de extraña fascinación se ha pretendido establecer un recurso por demás legítimo en el cometido: el silencio es un patrón sustentado en la profundidad, siempre formador de expresiones más allá de lo excepcional. Esto significa que una predominante de la mente del hombre insustancial es lo extraño, y nadie debe atreverse a comprender esa disposición por demás sugerente y confinada al terreno del elegante temperamento, donde ser “alguien” es ser solo uno mismo y nadie más. Entonces, procuremos seguir las sensatas palabras de un hombre notable en su condición como Robert Walser: “Soy común, es decir, nadie”.

La soledad no es solo demencia poética, también es un universo potentado en la singularidad del hombre retratado en su motivada reserva. El silencio predispuesto a través del arco de la locura es un signo de la libre expresión, donde el artista motivasu carencia social y la convierte en una especulación: solo quiere vivir fuera de los tratados artísticos para convertirse en una conformidad consigo mismo.

El escritor es un microcosmos, constantemente se resguarda en su pequeño universo, y eso lo convierte en moción de reserva para todo el mundo. Una paradoja casual, pues su mente está cubierta de inmensidad creadora. Pero esos hombres carentes de demostraciones no equivalen a ser siempre engendros de la disparidad (ni mucho menos), solo semejan ser desvaríos potenciales que recogen sus lamentos en las posibilidades de sus recursos. Son artistas de la prudencia pero también de la desesperación, particulares de su mundo y de sus actos, rehenes casuales de lo oculto.

El motivo principal del escritor que cubre su estancia dentro de los terrenos de la angustia es la introspección, significado de un orden más allá de lo establecido que busca no encajar dentro de un sistema definido ya por los patrones singulares de la cita excesiva. He ahí la estancia de un hombre como Robert Walser: el silencio, solventado en la locura mediata, dejado en un campo furtivo de disparates singulares que se aproximan a la perfección milimétrica de sus escritos.

El silencio y la locura son un mundo repleto de excesos y extrañas fascinaciones, es el disparate que se disfruta en la unidad y no en el conjunto, pues cada motivo surgido de una mente enferma es la ausencia, madre de todo acto en solitario. Y el escritor es un condenado suceso del desatino impar. El mismo Walser referiría que “a menudo necesitamos del delirio para mantenernos de algún modo a flote en el oleaje de la vida”, pues es una función necesaria para el ordenamiento de nuestro cosmos personal.

El hombre creador es una confusión admirable, cada uno de ellos son “El comienzo de una fatalidad”: son la sustancia creativa que desprende (y motiva) el pensamiento de un arte en esencia, es una notable óptica del mundo perceptivo que nos rodea, pero visto desde una perspectiva subjetiva y atrayente: es el pensamiento una creación o es la creación misma un pensamiento surgido de la inmensidad: es el artista creando pensamientos surgidos de su locura en solitario o es el artista motivando creación a través de un pensamiento incalculable y lleno de vida. Es el sinsentido de las grandes ideas. Recordemos: Todo parte de una idea falsa. Y el escritor es una mentira bien citada en la inmensidad de la locura. O como teorizaba la gran escritora Marguerite Duras: “El escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido”. Es ser común, nadie. Una contradicción rica en matices, un silencio, una locura inmensa.

Entonces, ¿es la locura del arte? No, simplemente somos un sustento de contradicciones, funcionamos a través de ideas contrarias: es una extraña fascinación encarar el sentido de la vida de esta manera, pero es esencialmente atractiva esta motivación (inmotivada). El amor es otra cosa. Y Robert Walser, también.

Autor: Letras Cualquiera

Revista independiente de periodismo que escribe, retrata, crítica y narra desde la esquina de Latinoamérica. Tijuana, Baja California.

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