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Texto y fotografías por Crisstian M. Villicaña

Rita García Rivera, lleva cinco años de invidente, esto a causa de una enfermedad llamada glaucoma congénito, la cual elevó la presión interna de sus ojos dañando los nervios ópticos, desde entonces quedó desempleada, lo que le obligó a vender dulces en la vía pública, cerca de la catedral de “Nuestra Señora de Guadalupe”, en la calle segunda de la zona centro.

“Se me ha hecho muy difícil sobrevivir vendiendo dulces, he metido solicitudes en las empresas que contratan personas con discapacidad pero nunca me hablan, llevo más de un año de espera y nada. No es nada fácil salir todos los días a vender, porque no siempre se vende todo, y pues no es mucho dinero lo que saco”, narró.

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Gracias a que Rita sabe utilizar el llamado bastón blanco, se puede desplazar de manera independiente por la ciudad, una que si bien ha implementado algunos cambios impulsados por el DIF Municipal, sigue siendo una que le falta mucho por hacer en lo que refiere al urbanismo de inclusión.

“Vivo con mi novia, no estoy sola, sino quién sabe, estar con alguien ayuda mucho, así nos ayudamos las dos, yo por mi parte vendiendo aquí y esperando a que las compañías me llamen, me gustaría que me dieran trabajo y si alguien me puede ayudar en ese sentido se los agradecería mucho, yo estoy dispuesta a trabajar”, finalizó.

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Su andar, se asemeja al de muchas personas con discapacidad, separadas de lo “cotidiano y lo inmediato” por una sociedad que siempre ha visto con ojos distintos a todo aquel que se vea diferente, que no cumpla con el estándar establecido sobre cómo y qué puede o debe hacer un ser humano, marcando una línea entre los “normales” y los que no lo son, en este pensar y actuar, se refleja mucha de la miseria del ser humano, ensimismado en su yo y en la idea de un hombre idealizado.