Bonsái

Por Víctor H. Concilión

Crea un bonsái en la mente. Todo se dispersa en miniatura.

En su pequeño cosmos lleno de brevedades siempre ha creído en la realidad como un fragmento, una manera de adaptación por piezas en un mundo personal que pertenece a un cosmos alejado de la grandeza. Desde corta edad disfrutaba jugar con muñequitos de plástico que su madre le regalaba en su cumpleaños. Todos ellos conformaban un mundo manifestado o simbolizado en una especie de futbolito que constituyó parte de su infancia, un futbolito motivado (y estructurado) por el niño a través de la imaginación.

El juego era sencillo como la exaltación de un pequeño por querer jugar, por la necesidad de realizarse en un mundo infantil. Simple como tomar todos los “monitos” y organizarlos en dos grupos, cada uno se enfrenta en un partido de futbol callejero en las inmediaciones del piso de una cocina desordenada; sin duda son un conjunto sui generis: se observan luchadores, vaqueros, alienígenas, muñequitas de Disney o alguno con la figura de Shakespeare o Poe, monstruos de tres cabezas, samuráis, dinosaurios, duendecillos, hadas, entre otras hermosas rarezas. La única finalidad de cada equipo es anotar gol en una portería de cartón de una caja de cereal con la insignia de un gallo de colores y el nombre Corn Flakes en la parte superior del animal.

El niño los alinea, los mueve, los convierte en futbolistas consagrados y a la vez también es el narrador y comentarista del encuentro deportivo. Cuando el gol surge, el festejo es total. El gol se convierte en la felicidad del pequeño; la felicidad (el gol) como pronóstico del ingenio escondido todavía en el miedo de la ingenuidad. Pero la creatividad ha surgido y está lista para apoderarse de todo. Su pequeño arte se ha manifestado a través de una ficción sin duda asombrosa. El juego. Tanto la brevedad del mismo como la herramienta principal para llevarlo a cabo son mecanismos de imaginación que lo hacen feliz.

Y recuerda a sus padres. Ese instante cuando llegaban del trabajo y lo hacían guardar todo su mundo. Regresa a su desencanto del niño espectador, a la molestia infantil donde los adultos se enfrentan y discuten casi a golpes. Se convierte pues en un observador ciertamente fino que define posibles desenlaces entre sus padres, cada uno de ellos surgidos de su maravillosa entelequia de infante; el divertimento del juego de pelota se pierde, pero el ingenio continúa, sin duda (pero ya es un duende reprendido por visiones que no le corresponden). Sin embargo, ama a sus padres, y cuando llegan es hora de guardar los juguetes y abstraerse en otra de sus tantas imaginaciones infantiles. Es el final, cuando el bonsái desaparece, y solo recuerda un tiempo (instante) de felicidad.

Autor: Letras Cualquiera

Revista independiente de periodismo que escribe, retrata, crítica y narra desde la esquina de Latinoamérica. Tijuana, Baja California.

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