Viaje a la tierra del Volcán de Fuego

Fotografía y vídeo por Iván Molina

El domingo 4 de junio que me enteré mediante las redes sociales de la erupción del Volcán de Fuego en el vecino país de Guatemala, me invadió el deseo de llegar hasta allá e intentar contribuir en algo. En ese momento yo me encontraba en San Cristóbal de las Casas, Chiapas; a unas cuatro horas de la frontera sur.

Al día siguiente, tomé mi cámara, algunos cambios de ropa y una casa de acampar que me acompañaría a mi primer visita a otro país que no fuera los Estados Unidos. La llegada a la ciudad fronteriza chiapaneca La Mesilla, me tomó alrededor de siete horas, ya que viajé en cierto punto con el “dedo gordo” y en transporte intermunicipal.

Tuve que llegar a la última gran ciudad antes de cruzar la frontera llamada, Comitán y de ahí me movilicé gracias a algunos “raites” a Ciudad Cuauhtémoc, o mejor dicho por su tamaño, el poblado Cuauhtémoc y de ahí caminar hasta llegar a La Mesilla, poblado que solo existe por el comercio que se lleva a cabo entre ciudadanos de ambos países.

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La primera impresión al intentar cruzar la frontera, como buen tijuanense fue algo como: “No mames todos pasan sin pedos”. Años de estar acostumbrado a las horas de espera y la pregunta favorita de los migras estadounidenses “¿a dónde va?” me hicieron quedar boquiabierto con la facilidad en la que mexicanos y guatemaltecos cruzan la frontera sin ningún problema.

Inclusive lo que en un principio creí era un agente de migración guatemalteco que me iba a preguntar a dónde iba resultó siendo un personaje, como muchos, que se dedica a cambiarte los pesos mexicanos por quetzales y viceversa. Y aquí me topé con otra gran sorpresa; yo llevaba solamente 400 pesos dado que me habían comentado que de voluntario no gastas tanto dinero como cuando vas de “turista”, pues estos 400 pesos mexicanos resultaron ser 145 quetzales, es decir un quetzal equivale a alrededor de 2.50 centavos de peso. ¡Sí! nuestra moneda vale menos que la moneda de Guatemala.

Después de cruzar la frontera me esperaban por lo menos de seis a ocho horas de viaje para llegar al distrito de Escuintla, muy cerca de la capital Guatemala. Con el propósito de hacer voluntariado en el refugio temporal para los desplazados que se ubicaba en dicho distrito, tuve la fortuna de conocer a ciudadanos organizados que se encontraban recaudando donaciones  para los afectados que me dieron la oportunidad de apoyar y viajar con ellos  hasta mi destino final; poder fotografiar el volcán.

Salimos a la media noche rumbo a la Sierra Madre, en donde se encuentran los tres volcanes activos de los más de treinta que existen en el país chapín. Durante el viaje de aproximadamente 250 kilómetros se pueden apreciar increíbles estructuras de origen volcánico, las cuales son una característica predominante en los paisajes que se recorre para llegar al Volcán de Fuego.

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Luego de 6 horas de viaje e increíbles paisajes, llegamos a las cercanías del Volcán de Agua, al Volcán de Pacaya y por supuesto al Volcán del fuego, que se distinguía por un color distinto a sus dos otros eternos acompañantes. Obviamente la destrucción de los materiales piro-plásticos le dan un color árido al terreno cercano al cráter.

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Por razones de seguridad no pudimos llegar hasta la zona cero de la catástrofe, solo medios grandes, soldados y bomberos podían alcanzar las aldeas en donde lo peor había pasado. La Policía Nacional Civil y el ejército custodiaban todos los accesos.

Por lo tanto, tuvimos que llegar al refugio de Escuintla que albergaba a mil quinientas personas que fueron desplazadas de sus aldeas (palabra utilizada para describir a los pequeños pueblos en los diferentes distritos del país).

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El refugio se encontraba en la Escuela Oficial Urbana Mixta Tipo Federación José Martí, el sistema educativo de Guatemala suspendió las clases en los tres departamentos con los que colinda el Volcán de Fuego y fue en esta escuela donde la auto organización espontánea y la solidaridad de los chapines se mostró más fuerte.

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Los muertos llegaron a ser más de cien, pero los desplazados fueron miles y la principal preocupación de estas personas son sus pertenencias, sus hogares, sus tierras ya que la mayoría de ellos trabaja la tierra; por lo que las personas comentaban iba a tardar años en que la ceniza y el polvo deje crecer algo sobre lo que cubrió el Volcán de Fuego.

Maíz, frijol y leguminosas son los principales alimentos que estas aldeas cosechaban a las faldas del Volcán de Fuego que ya había tenido una erupción de esta magnitud en los años 70´s. Aunado a todo la problemática los afectados contaban que algunos de sus familiares de manera clandestina volvieron a sus hogares para hacer guardia de los ladrones e invasores.

Comentaban que en aquella erupción que ocurrió casi cincuenta años atrás, los damnificados que volvían a sus casas se encontraban con invasores armados que les robaron todo y que por esta razón algunos de los vecinos duermen entre la ceniza e intentar defender sus hogares y que la misma historia no se vuelva a repetir en este 2018.

Eso sí, los guatemaltecos se solidarizaron entre ellos como era de esperarse, el aire del ambiente estaba llego de orgullo nacional, como el orgullo nacional, la fraternidad y la camaradería que se vivió en México el pasado septiembre. Increíble ver a niños, hombre y mujeres de distintas nacionalidades que echaban manos a la obra por el primogénito o por el compatriota.

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Al final sólo tuve la oportunidad de contribuir algunos días con la preparación de la comida y de contribuir a la descarga y clasificación de víveres regresé a México con la idea de que los mexicanos y los guatemaltecos no somos tan diferentes, de hecho somos como dos hermanos separados al nacer. A pesar de que los Chapines te hablan de “vos” y te dicen “jalate”, “venite y “cállate” en vez  de “jálate”, “vente” o “cállate” como lo haríamos los mexicanos.

Autor: Letras Cualquiera

Revista independiente de periodismo que escribe, retrata, crítica y narra desde la esquina de Latinoamérica. Tijuana, Baja California.

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