Reporteros invisibles

Texto por Sergio Méndez Luna

Fotografía por Crisstian M. Villicaña

El periodismo bajo amenaza, sin credibilidad y sin lugar en el mundo

Ser periodista en México, el tercer país más peligroso del mundo para ejercer este oficio, según el Balance 2018 de la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF) obliga a replantearse la utilidad de prestar dicho servicio a la sociedad y hasta qué punto la labor informativa limita, para quien la práctica, una realización plena en ámbitos como el bienestar físico y emocional.

Las condiciones de seguridad para los periodistas son cada vez más endebles. Durante el periodo 2000-2018, que comprende los sexenios de los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón y del priista Enrique Peña Nieto, se registraron más de 174 homicidios de periodistas en México; según la cifra registrada por Reporteras En Guardia. Además, de 2005 a 2018 se contabilizaron al menos 21 desapariciones. Con base a cifras de RSF, México fue el país, sin un conflicto bélico declarado, en el que más periodistas fueron asesinados durante 2018. Estimaciones de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) indican un alto nivel de impunidad relacionado a las agresiones a reporteros: el 90 por ciento de los casos denunciados no ha recibido sanción.

Esta situación ha desplazado e invisibilizado otro fenómeno que se desarrolla de manera paralela y que también tiene un impacto nocivo en la labor periodística: la precariedad laboral de los reporteros.

De acuerdo a un informe del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), las carreras relacionadas a la comunicación y al periodismo (ciencias de la comunicación, comunicación organizacional, crítica periodística, fotoperiodismo, medios de comunicación y periodismo) se ubican en el quinto lugar de las peor pagadas a nivel nacional. Quienes egresaron de estas licenciaturas ganan actualmente un promedio de 7 mil 973 pesos al mes.

La desigualdad salarial es un aspecto de este fenómeno. La otra parte es la sobre exigencia laboral en las salas de redacción de periódicos, portales de internet y noticieros radiofónicos y televisivos. A quienes gestionan información se les requieren cada vez más productos noticiosos y transmisiones a través de las plataformas de redes sociales. A esto se suman los recortes de personal, que las empresas solventan fusionando las plazas de reportero con las de fotógrafo, camarógrafo, editor o community manager.

El experto en técnicas de mejora de la productividad profesional, Aritz Urresti, considera que el éxito personal es alcanzado por quien tiene un trabajo que le gusta, que le motiva y le hace crecer, con el que mantiene una constante intención de superarse y que, además, le permite tener equilibrio en los demás planos de la vida (salud, familia, profesión, formación y los aspectos social y espiritual). “Cualquiera que trabaje quince horas al día jamás podrá vanagloriarse de ser una persona auténticamente exitosa”.

El periodista y escritor español Bernardo Díaz Nosty, subraya esta situación en su libro Periodismo muerto (Planeta, 2016): “ante un acentuado distanciamiento entre los dueños de los medios y los periodistas, sobrevienen la precarización laboral y la abundancia de mano de obra barata resultado del desarrollo de los centros de información superior”.

La idea es secundada por el académico colombiano Omar Rincón, para quien esta circunstancia deja a los periodistas “sin credibilidad, sin trabajo y sin lugar en el mundo”.

A esto se agrega lo expresado por el periodista mexicano Javier Risco en su columna del periódico El Financiero: “las malas condiciones laborales en que se tiene a los periodistas en este país es también un ataque a la libertad de expresión y un atentado contra su vocación democrática”.

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El tema no es ajeno a la literatura. El escritor neoleonés-tijuanense, Daniel Salinas, denuncia, en voz de unpersonaje de su libro de cuentos Dispárenme como a Blancornelas (Nitro Press, 2016): “en la tabla de valores del periódico, el mejor reportero siempre sería el más barato o, de ser posible, el gratuito”.Observaciones afines, en las que se expone la situación laboral de los periodistas, se encuentran en el libro de crónicas  No toda la sangre es roja (Nitro Press, 2017) del periodista sonorense Carlos René Padilla.

Pero el periodismo como mal negocio no es el factor que determina la fragilidad salarial de los reporteros. En marzo de 2015 fue pública la confrontación entre los gobiernos estatal y municipales de Baja California contra los directivos de un grupo editorial con fuerte presencia en el noroeste del país.

En un desplegado dirigido a la opinión pública, las autoridades denunciaban la presunta extorsión de parte de la empresa periodística, la cual, a decir de los representantes gubernamentales, era para ampliar los contratos por concepto de publicidad a cifras que “se salen de toda proporción” y superiores a la pauta presupuestal destinada para todos los medios de comunicación con los que dichos gobiernos tenían acuerdos.

El dato relevante en este ejemplo paradigmático para Baja California, pues en la historia de la entidad no hay registro de otra disputa abierta, por recursos públicos, entre los gobiernos y un medio de comunicación, no solo es el sometimiento explícito de factores económicos sobre una línea editorial, sino la dramática desproporción de los ingresos de una empresa y los sueldos de sus trabajadores.

La crisis laboral por la que atraviesa un amplio sector del gremio periodístico no es un asunto que atañe solo a un grupo de trabajadores, sino a la ciudadanía en su conjunto. Del ejercicio de la libertad de expresión dependen la revisión crítica del desempeño de la administración pública, la convergencia de distintos puntos de vista, la denuncia de desigualdades y la defensa de los derechos humanos.

Ante este panorama, la pregunta inmediata es: ¿qué hacer? Si bien, las autoridades de gobierno, los directivos de los medios, la academia y la ciudadanía deben replantearse y revalorizar la función social del periodista, es a los integrantes de este gremio a quienes les es más apremiante poner el tema sobre la mesa del debate público.

Los reporteros desempeñan un papel estratégico para garantizar a la sociedad su derecho a estar informada. La protección, la dignificación laboral y el mejoramiento de las condiciones de vida de los reporteros no son solo un acto de justicia para un colectivo de trabajadores, sino para toda la sociedad.

La creación de redes de protección, el intercambio de experiencias y la construcción de una agenda común de intereses pueden ser la ruta para lograr este objetivo. En el contexto internacional, un ejemplo de cómo la organización del gremio ha sido clave para la defensa del ejercicio informativo es el caso del periodista Jim Acosta, a quien el presidente Donald Trump, le impidió el acceso a la Casa Blanca para la realización de su labor. El encono del mandatario estadounidense se desató después de que el reportero le cuestionara acerca de la llamada caravana migrante. Ante la negativa gubernamental, el canal CNN emprendió una acción legal en contra del presidente y otros cinco integrantes del gabinete. Los aspectos a subrayar en este ejemplo son el respaldo inmediato de la empresa hacia su trabajador y la consecutiva cadena de apoyo de parte de otros medios, incluyendo a Fox News, canal con una marcada línea a favor del gobierno de Trump.

El caso de Acosta es una lección que puede retomarse en México. Quienes ejercen el periodismo pueden dar el primer paso, a través de la organización y el diálogo, para exigir el reconocimiento de sus derechos y que cesen las muertes, las desapariciones, la criminalización y la precariedad laboral de los reporteros.

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