Querido México

Texto y fotografías por Diana Cecilia García Lucas

En marzo la Secretaría de Gobernación reveló que sesenta y seis de cada cien mujeres ha sufrido algún tipo de violencia, además durante el 2018 hubieron más de tres mil víctimas, lo que da como resultado que por cada dos horas aproximadamenteuna mujer se vea asesinada. En el 2019 no ha habido mejorías, pues durante los primeros seis meses alrededor de mil ciento diecinueve mujeres han sido víctimas de feminicidio. Estas conductas han sido solapadas, además, por una sociedad que lo ha normalizado y una autoridad que lo ignora. Las cifras, no solo las anteriores, sino todas esas mujeres y niñas desaparecidas de las que no se sabe nada, o los cadáveres encontrados sin identificar, no han servido para más que ser puestos en encabezados de titulares e infografías compartidas en las redes sociales. O bien, siendo colocados en carteles que este pasado viernes dieciséis de agosto fueron colgados por diferentes puntos no solo de la Ciudad de México sino del país entero. Esto ante las autoridades quienes han desviado los rostros por las denuncias ejecutadas, volviendo la “caza de mujeres” una actividad normal.

Desde el 2018 Ecatepec ha superado a Ciudad Juárez en el número de víctimas, entre las cuales se encuentran casos de  violación, maltrato, abusos de poder y asesinatos. No se trata de un problema naciente con el nuevo sexenio, no vino dándose con el presidente actual, su raíz es de años, muchos en los que se han hecho marchas, manifestaciones, peticiones, todo tipo de argumentaciones y demás solicitudes, mismas que vinieron a explotar en la Glorieta de Insurgentes en la Ciudad de México además de otros estados del país.

Comenzaron citando el pliego petitorio además de puntualizar por qué llevaban a cabo sus acciones;  algunas tomaron el micrófono con los rostros tapados o pintados de rosa, narraron sus experiencias ante las agresiones machistas y misóginas, madres y padres se reunieron con pancartas, queriendo reivindicar la memoria de quienes perdieron, de todas aquellas quienes les fueron arrebatadas. En el centro de la glorieta comenzaron a colocar papeles seriados en forma de listas, mismas que al acercarse se podía leer el número de informe, señas particulares y la fecha de localización de los cuerpos de mujeres hallados que aún esperan ser identificadas.

Entre todo ese escándalo una mujer de edad avanzada se asomó en las escaleras del metrobús con sus puños en alto y el rostro fuerte, comenzó a acompañarlas en su lucha y quejas, para posteriormente colocarse un paliacate verde en la cabeza y sostener una bandera morada entre las manos, irónicamente bajando las escaleras, a solo unos metros de ella, una pequeña niña era cargada en los hombros por su padre, entre sus manos sostenía un pequeño cartel hecho con una hoja blanca de cuaderno que parecía haber sido pintado por ella, en esa imagen, entre las que vivieron y van a vivir, se encontró el colectivo entero.

Era real, la lucha por todas se sentía entre las calles y los rostros. “Nos quitaron todo que hasta nos quitaron el miedo”; citaban algunas pancartas con las que comenzaron a avanzar, en su camino el aerosol se hizo presente en las paredes, los aplausos comenzaron a volverse gritos, conforme más caminaban más ira contenían en sus pechos. Encapuchadas, enojadas, hartas de llamársele a lo suyo “provocación” tomaron la pintura comenzando a manchar toda la glorieta además de otros edificios y objetos. Por un momento la sangre de la delincuencia cotidiana se vio suspendida por el aerosol rosa, las paredes se vieron en morado y dolor, el mismo con el que una chica pintaba el nombre de su amiga asesinada. Conforme el sol se ocultaba más valor obtenían, pasando de pintar a tomar los bates, palos y martillos, mismos que fueron impactados contra las estaciones de los alrededores, quebrando cristales, reventando los monitores. “Les importará más un pinche vidrio”, dijo una manifestante antes de azotar el extintor contra uno de los anuncios, presa de toda la impotencia vivida, no en la última semana, ni en el último mes, sino en los últimos años.

“Vandalizar no devolverá a las asesinadas”, mencionaron en las redes sociales, sin embargo los destrozos y agresiones que vivió la ciudad no es producto de una lucha de sexos y géneros (como pudiese pensarse) sino es la respuesta a años de indiferencia y negación a la realidad ¿Qué más se puede decir cuando exiges justicia por años, gritas a los oficiales por tu familiar o amiga desaparecida y ellos solo brindan un número de expediente? ¿De qué otra forma puedes solicitar apoyo cuando llaman a tus acciones “provocación”? Ante estas declaraciones solo queda el rencor, ira y resentimiento que se ve plasmado en la forma tácita de conseguir miradas. Malas, quizás erradas, unas que juzgan y tachan, pero al fin observando. Es verdad, les quitaron todo, que hasta les quitaron el miedo, el miedo a salir heridas y el temor mismo a poder herirse a sí mismas, pues durante éstas manifestaciones el colectivo “Zapata Vive” se vio afectado ante la ola de agresiones, habiendo venido desde Guerrero se encontraron con sus bienes dañados “no teniendo otra posibilidad para irse”, como mencionó Yahir, miembro del colectivo.

El “no más miedo” pintado en las paredes escaló demasiado, quitándoles la posibilidad de ver cómo podían dañarse, no a los edificios, no a las instalaciones, sino a la misma sociedad, ésta que aunque ha sido indiferente, forma inevitablemente parte de su constructo y su entorno. Y aunque la jefa de Gobierno de la Ciudad de México ha declarado no iniciar investigaciones en contra de quienes se manifestaron, no beneficia en una sociedad donde el caos no se halla en los rayones y vidrios rotos sino en quienes desaparecen sin importar.

Querido México, es justo que lo sepas; no se trata de pintar los edificios encima de las protestas, tomarles fotografías a las mujeres que limpian los destrozos o señalar lo dañado de los monumentos y transportes, esto es más bien sobre analizar por qué la rabia e ira ha llegado a éstos niveles y qué podemos hacer para evitar polarizaciones, pues de nada sirven tus edificios cuidados, tus calles limpias y tus parques verdes, si tus ciudadanos se sienten inseguros.

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