El béisbol es una metáfora

“El béisbol no es vida. Es una ficción, una metáfora. Y un jugador de béisbol es un hombre que acepta defender esa metáfora como si hubiera vidas en juego.”

David James Duncan

Por Alejandro Fogg

Fotografía tomada de internet

El pasado domingo, momentos antes de ampáyer cantara el playball para saltar al terreno de juego, nuestro manager entregaba los uniformes que estrenaríamos en nuestra nueva temporada de béisbol. Iba llamando a uno por uno, según leía el apellido paterno bordado en la parte trasera del jersey de cada jugador. Cuando llegó mi turno el manejador gritó ¡Caminiti!, en lugar de mi apellido: Estrada, y en el dogout nos echamos a reír. La jerga se debía a una cuestión de  mera superstición.

Cuando entré a jugar con este equipo, llamado Barbanegras, compré de urgencia una jersey de béisbol en una tienda de deportes, era la de un jugador emblemático que jugó con los Padres de San Diego llamado Ken Caminiti, en la década de los noventa (por cierto, uno de mis jugadores favoritos en la infancia). Pronto mi promedio de bateo y fildeo mejoraron cuando jugaba con la jersey puesta. Juego tras juego, fui ganándome la titularidad en el equipo, mientras en la liga gracias a la camiseta, tanto los oponentes como en mi propio equipo, comenzaban a ubicarme como “El Caminiti”; creo que hasta la fecha muchos de mis compañeros de equipo desconocen mi apellido verdadero.

Para los últimos juegos de la temporada pasada, tuve la ocurrencia de dejar de usar la casaca de Ken Caminiti, mis números comenzaron a bajar drásticamente. Al término de un juego para el olvido que perdimos por paliza, el mánager del equipo se me acercó y me dijo: “necesito que el próximo juego te traigas la jersey del Caminiti, tendrás mayor posibilidad que inicies el partido si vienes con ella puesta para jugar”. Entendí claramente el mensaje y confieso que también por mi mente ya rondaba la idea de volver a usarla.

Al juego siguiente vestí la jersey y regresó la racha candente con el bat, pegando dos dobletes e impulsando tres carreras, además de realizar buenas atrapadas en el fielder durante el partido. Debido a esto, el mánager decidió perpetuar el seudónimo de “Caminiti” en mi espalda en el nuevo uniforme, y yo no podría estar en mayor acuerdo, pues siguiendo un llamado de superstición, de esa manera podré mantener mi  buen nivel de juego para la temporada que apenas comienza.

Los jugadores de béisbol, profesionales o no,  debemos confesar que la superstición es parte de nuestro juego, como no pisar la línea de cal cuando entramos y salimos del campo porque es de mala suerte, es un ritual muy practicado por casi todos los jugadores. Yo por ejemplo, evito cambiar el casco de protección por otro si estoy pegando de hit o si las cosas van saliendo bien para nuestro equipo, tiendo a colocar mi guante en el mismo lugar del dogout cuando nos toca batear.

Pero en la historia tan añeja de este hermoso deporte, ha habido disparatadas supersticiones por parte de jugadores profesionales y otras que también han incluido a los aficionados. Está la sequía de campeonatos para los Cachorros de Chicago que duró más de cien años y tardaron otros setenta tan sólo para volver a meterse a una Serie Mundial; aquella maldición nació gracias a una cabra. En el cuarto juego de La Serie Mundial de 1945,  la cual disputaban contra los Tigres de Detroit, un aficionado de los cachorros llamado Bill, fue expulsado junto con su cabra Murphy de las gradas del Wrigley Field.  Ellos eran fieles fanáticos de Chicago y como de costumbre habían ido a apoyar a su equipo, pero ciertas personas comenzaron a quejarse por el hedor que desprendía Murphy, y el personal del estadio retiró a la peculiar pareja mientras Bill pronunciaba maldiciones en arameo: “Mi cabra trae suerte a los Cubs. Si se marcha, vamos a perder esta final y no volveremos a ganar nada nunca más”. Los cachorros perdieron esa Serie Mundial y la leyenda comenzó a tomar fuerza durante las décadas de sequía, hasta que en el 2006, los Cachorros de Chicago pudieron finalmente ganar un campeonato.

En lo que respecta a los jugadores de ligas mayores, las excentricidades son aún más difíciles de comprender, como la de Wade Boggs jugador de las Medias Rojas de Boston y Yankees de Nueva York, quien no podía prescindir de comer sus respectivas piezas de pollo antes de cada juego para tener buena suerte, además de tener una rutina cabalística para la previa del juego: salir hacia el estadio siempre a las 3:00 p.m., cambiarse en los vestidores a las 4:00 p.m., para poner el primer pie en el campo e iniciar práctica y calentamientos a las 4:14; volver a los vestidores, alistarse para el partido y entrar de nuevo con exactitud a las 7:17 al campo. En un juego de gira en Toronto, en la sala de donde operaban la pantalla del estadio, conocían los rituales de Wade previos a cada partido, así que el anotador quiso jugarle una mala pasada, al detener el reloj del estadio, pasando del minuto 16 al 18, y así saltar el minuto mágico de Boggs en el que tenía que pisar el terreno de juego. Cabe mencionar que tuvo un mal partido: cometió dos errores, lo poncharon en tres ocasiones y fue golpeado por una bola. Ya para el siguiente encuentro, un día después, Wade Boggs estaba preparado para cualquier artimaña del anotador y a pesar que quisieron hacerle la misma jugarreta, el pelotero comenzó a contar en su mente desde un minuto antes para saltar al campo exactamente a las 7:17, su número predilecto.

Espero y nunca fijar tanto mis supersticiones, llegar al extremo de depender tanto de ellas, y que en algún punto comience yo a pensar que sería buena idea usar durante el partido lencería dorada bajo el uniforme para romper una mala racha como lo hicieron un grupo de jugadores de los Yankees en la temporada del 2008. La superstición como vemos, ha llegado a situaciones insólitas y existe una que no deja de asombrarme, la de un jugador llamado Rhomberg, de los Indios de Cleveland, quién necesariamente tenía que regresar el contacto si un contrincante o compañero de equipo lo tocaba. En una ocasión, un jugado adversario le pagó cien dólares a un aficionado para que se acercara a pedirle un autógrafo,  lo tocara y saliera corriendo para perderse en la inmensidad del estadio. Rhomberg perdió la razón, brincó rápidamente la barda de protección hacia las gradas tratando de alcanzar al aficionado para tocarlo de nuevo. Un ex­compañero de equipo cuenta en una entrevista, que solo faltaban veinte minutos para que iniciara el partido y Rhomberg no aparecía, buscando en los pasillos del estadio al chico que lo había tocado sin poder devolverle el toque. Después de ese suceso la carrera de Rhomberg terminó, supongo que el maleficio que tanto evitaba, cobró vida  y tuvo serias consecuencias.

Al final lo que buscamos con la superstición en el béisbol, en la mayoría de las ocasiones es apostar al polo positivo de las situaciones, buscar extender una buena racha, sacar lo mejor que hay de nosotros para lograr un desempeño que pueda llevar a la senda ganadora a nuestro equipo.  Sabemos que como el guante, la pelota y el bate, las supersticiones son instrumentos del béisbol para agregar un poco más de sabor, al deporte que algunos llaman “aburrido”.

3 comentarios en “El béisbol es una metáfora

  1. Excelente artículo mi estimado amigo y compañero de equipo Alex “Caminiti”

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  2. Muy bien escrito mi estimado Caminiti, y es cierto, yo tengo una superstición también! Pero nadie se la sabe, es solo del manager !

    Un placer leer tu articulo y un placer compartir el campo contigo.

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  3. Las leyendas nunca mueren, es tu responsabilidad honrar el apellido que utilizas en tu espalda

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