La llama indígena: “Fuego negro”

“-Por ahí aparecerá Nanahuatzin hecho Sol-. Y fue cierto. Nadie lo podía mirar porque lastimaba los ojos. Resplandecía y derramaba rayos por dondequiera.” Leyenda indígena “El Sol y la Luna”.

Texto y fotografías por Diana Cecilia García Lucas

El fuego es una pieza clave en el desarrollo de culturas y entendimiento del hombre, considerado como el “primer paso” que se brindó para ser civilizado, se ha mantenido como una herramienta para la explicación y simbolismo de nuestras cosmogonías a lo largo de la historia: desde la antigua Grecia en donde las llamas significaban el conocimiento hasta nuestra actualidad donde se considera como un estado de purificación en torno a ceremonias religiosas.

En México, como ejemplo, tenemos al dios del fuego Curicaueri (de los tarascos) el cual es considerado como la deidad de mayor longevidad en su mitología; por otro lado en Chichén Itzá, con los Mayas, se encuentra la famosa “serpiente emplumada”que está rodeada de fuego. Los Nahuas, por su lado, celebraban la “ceremonia del fuego nuevo”, enfocada en la búsqueda de un equilibrio entre el bien y el mal. Hasta nuestros días la relación con éste elemento no se ha perdido, llevándose a cabo con la quema de inciensos, veladoras y rituales ceremoniales los cuales aún tienen relación con nuestras raíces: la puesta de ofrendas, la tradición del “fuego nuevo” e incluso la “quema del diablo”.

En medio de todo este mar de puntos de vista y la riqueza que significa para el hombre moderno conocer su enlace con las llamas, llega Sabino Guisu, oaxaqueño nacido en 1986, cuya trayectoria artística ha sido enfocada en éste tipo de arte: renovar el fuego y plasmarlo en obras.

Sus piezas pueden verse moldeadas entre la lumbre y la hilera negra que desprende al ser enmarcado en el folio o la tela. Sabino suele retomar cada una de las expansiones de humo para contrastarlos en formas, imágenes y enfoques, haciendo así una renovación de su cultura y tradición, trayendo a las ciudades y gente ajena el entendimiento de reencontrarnos con nuestras raíces.

Además ocupa otros materiales propios de México, como la tortilla, lana, madera (misma que es quemada con diseños y patrones propios de culturas precolombinas), miel, abejas y colillas de cigarros entre tantos otros. Por ejemplo: la escenificación de un cráneo hecho de miel (un panal) y  al estar bajo constante luz solar ha comenzado a derretirse, brindando no solo así un toque místico sino también una mirada a lo efímero de la naturaleza y su perfección. Esto último se puede ver plasmado y contrastado con el resto de sus obras, pues en la mayoría trata la simetría y las imágenes seriadas, pudiéndose ver también en la naturaleza como los panales cuyas pequeñas celdas se encuentran simétricamente exactas.

Sin embargo, conforme su arte va revolucionándose, se encuentra ante el papel de la modernidad, aunque sus obras siempre han tratado de mostrarse desde lo orgánico, natural, buscando las raíces en nuestra cultura, ha podido complementar su imagen con diseños modernos, tales como luces led e incluso vinculándose con la música. Tal es el caso del escudo (llamado “chimalli” por su traducción), de Yanhuitlán, la cual es una de las piezas más importantes por su dualidad; el oro, el cual es representado como el “neón” por Sabino, es el sol y la guerra, por otro lado el color turquesa, el centro, simboliza la vida (el agua) lo que transmuta, encontrándose entre los primeros dos elementos. Lo cual se torna interesante cuando ésta pieza es la que abre el espectáculo al resto de la obra, mostrándonos así como una introducción al material y a su sentido: el pasado (chimalli y fuego) y el presente (neón) haciéndose uno. Tal es el caso del “príncipe” azteca Xochipilli cuya representación se encuentra en medio de la sala, pero a su vez rodeada de agua (la transmutación; el turquesa) que permite el reflejo de las otras obras y de su propia imagen, rodeada de dorado (la guerra y el sol) mismos representados por elementos orgánicos como la arcilla, la tierra y hongos. Detrás de él, casi como haciéndole una ceremonia, se encuentra un murciélago con características precolombinas: pómulos inflados, nariz chata, dientes (o colmillos) gruesos, encorvados, hecho de lana, ojos de obsidiana y plumas de diferentes aves, siendo curioso cuando se conoce sobre la “danza azteca Xochipilli” durante la cual, sus bailarines, se visten con plumajes largos en colores similares a los del animal representado.

Al mismo tiempo, siguiendo con su plasmación de animales, Sabino toma al México moderno, es decir, el creyente y cristiano. En este punto se puede señalar las dos obras hechas de lana, obsidiana y humo: dos corderos con siete ojos y siete cuernos (llamado “el cordero de Dios”) inclinado sobre un libro, el cual lleva su sangre, en el que están plasmados los nombres de los salvos por Dios, llamado “el libro del juicio de Dios”, pues incluso en ésta representación hay una dualidad: el blanco y el negro, jugando a su vez con lo seriado al colocarlos lado a lado.

Por último se puede rescatar su más reciente pieza: “ZapotecDeathPoems”, la cual se encuentra entre los enlaces ya mencionados: la música, la arquitectura y las luces, que representan el “Mictlan”, conocido como “el lugar de los muertos”, asociado, como la misma obra explica, a los antiguos relatos donde enterraban a los nobles zapotecos. La pieza está compuesta por celdas en forma de cruz suspendidas del techo por las cuales son atravesadas por una luz roja, la cual en medio de la habitación oscura da la apariencia de encender cada una de ellas, mismas compuestas de patrones oaxaqueños típicos encontrados en las ornamentas e incluso en la joyería de ésta zona. Aquí, dicta el texto, no existían cementerios propiamente, sino tratamientos mortuorios, los cuales iban desde enterrar los cuerpos de forma sagrada (en contexto de rituales) y aquellos que procedían a realizar la misma acción pero dentro de sus hogares, las cuales pueden ser distinguidas por pedazos de piedras en forma de cruz. Así, la inspiración para la obra se hace casi palpable, es una representación del “cementerio” indígena, tratado con patrones de su propia gente, aquellos quienes han sido olvidados y relegados.

De esta forma Sabino nos muestra la forma en la que él vive su parte indígena así como el deseo por hacer una conciencia social respecto a la naturaleza y a las raíces a las que pertenecemos.

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