Texto por Miguel Alberto Ochoa

Mi mamá es psicóloga. Hace unos fue el día del psicólogo y recordé cuando de pequeño la acompañé a Palacio Municipal a un consultorio donde daba psicoterapia como servicio a la comunidad. No me pudo dejar con mi abuela, no hubo nana ese día, tuvo que cargar conmigo y me dio jugo de manzana para tranquilizarme, pues no me gustaba salir de casa.

Estar ahí me pareció lo peor del mundo, yo quería caricaturas. Palacio Municipal, ajetreo, abogados, los noventa, horrible. Seguramente hacía calor y yo odiaba —aún— el calor. Entraron una mujer y un niño, «como yo y mi mamá», pensé. —Termínate el jugo, Miki.

Me instaló en un pequeño cuartito de la pequeña oficina mientras daba consulta. La familia que la mujer y el niño conformaban no era como la mía. El niño no tenía jugo de manzanas ni posibilidad de caricaturas a esa hora del día. Me sentí afortunado y luego recordé estar en un habitáculo en
Palacio Municipal.

El jugo de manzana —mi favorito— hizo efecto. Me terminé cagando, mi madre se dio cuenta por el olor y el llanto, la sesión se vio interrumpida por el saco roto en el que me había convertido y todo fue sepultado en este recuerdo. El cual seguramente mantiene enterrados detalles aun más vergonzosos y humillantes. No sé.

Mi mamá es psicóloga y los pensamientos sobre la psicología forzosamente me remontan a ella, a la pequeña casita de color rosa donde vivíamos en la Colonia Altamira, en la que instaló en una esquina su espacio para dar terapia. Los carros llegaban, entraban y la gente hablaba. También los vecinos.

Me dijo: «Cuando lleguen los pacientes no puedes gritar, no puedes salir del cuarto, debes mantenerte quieto para que yo pueda dar terapia. Juega con tus batmans». Obedecí. «¿Por qué?», le pregunté y me contestó con sinceridad: «Porque se distraen de sí mismos». Desde ese día visualizo a Bruce Wayne como un custodio para que todos los psicólogos de Ciudad Gótica y Tijuana puedan dar terapia sin ser interrumpidos.
—Juega con tus batmans, Miky.

Años más tarde cierto día me llamó —desde el escritorio de la sala, un escritorio con tantas cosas. Recuerdo meter la mano en los cajones y sacar grabadoras de mano, post tips y lápices— y me extendió una hoja que decía: «Derechos Internacionales de los Niños.»

—Todos los niños tienen derechos, Miky. Derechos al juego, a la educación, a la vivienda, a una familia feliz.
—¿Todos tenemos derecho a jugar?
—Tú tienes derecho a ser feliz.

Me lo dijo con tanta seguridad que me quedé con la impresión de que ella personalmente había redactado los derechos de los niños, que se había subido al podio en la ONU frente a todos los dirigentes mundiales y académicos y les había dicho: «Yo declaro que todos los niños del mundo pueden jugar. En especial mi hijo, Miky, porque se ha portado muy bien y me deja dar terapia.»

Quise preguntarle: «Mamá, ¿tú los escribiste para mí?», pero como recordé que me había cagado en su oficina decidí quedarme con la hoja de los derechos —la cual era un simple folleto del Ayuntamiento— a recordarle ese incidente. En ningún lugar leí que un niño tenía derecho a hacer del dos en las terapias de su mami, la ley no estaba de mi lado.

Con el tiempo fui descubriendo que mi madre tomaba los libros, los abría y dejaba notas. Los marcadores amarillos habían dejado estragos en sus páginas, mi mamá doblaba las hojas y hasta dejaba rosas para señalar sus lecturas. Todavía acostumbrado a ser el centro de atención busqué en los libro «marcados» por ella para ver si me había dejado algo. Una nota, un juguete, un dibujo. Una leyenda que me dijera: «Tú eres el elegido». Solo había frases y párrafos completos marcadas de amarillo, notas al margen con lápiz.

Mi mamá leía como posesa a cada nuevo paciente que significara un reto para ella. Acto seguido tomé un marcador de su escritorio y decidí hacerle la vida más sencilla. Con 6 años de edad le ayudaría a seleccionar los párrafos más inteligentes de sus libros. Agarré un libro de Carl Sagan —el cual no era de ella sino de mi papá— y pinté de amarillo las colas de los cometas. —Miky, este libro no es para dibujar —dijo alguno de los
dos.

Me di por vencido con los marcadores, la siguiente idea resultó ser mejor. Dejé unas florecitas de nuestro jardín en sus libros. Eran flores sencillas, con pétalos blancos con centro amarillo que servían para aromatizar y jugar a me quiere o no me quiere. Le dejé varias en varios libros. Todavía puedes tomar algún libro y descubrir alguna que otra atrapada en un texto que a esa edad no pude leer. Ni entender. Ni saber si era importante para la psicología o si estaba relacionado con ella.

Mi mamá es psicóloga. El jugo de manzana, los batmans, los marcadores destruyendo propiedad familiar, las flores editoriales son parte de esto que nos formó como familia. Yo sé que mi mamá escribió esos derechos. Sé que se paró frente a los líderes del mundo y dijo:

—Señores del universo mundial, ¿ven ese niño de ahí? Pues es mi hijo, se llama Miky, y nadie más que él sabe interrumpir mejor una sesión de terapia. Él llega con un libro, con una flor adentro y te dice exactamente qué página abrir. Y ahí estará la respuesta. Señores y señoras, ya era tiempo para escribir Los derechos de los niños. Como primer derecho decretaré que todos los niños puedan creer que estos derechos fueron escritos para
ellos. Miky, esto es para ti, y nadie, nunca, te lo podrá quitar.