Cinco narraciones sobre el caos, el orden y la experiencia humana

Texto po Abraham Uribe Núñez

Fotografía por Crisstian M. Villicaña

I

Es cierto que algunas personas se despiertan cada mañana con una lista de diligencias por hacer, algunas de ellas se cumplen, otras quedan resguardadas en la caja de pandora. Desde hace ya algún tiempo, considero que llevar todas nuestras preocupaciones a buen puerto depende de la serie de condiciones que establece la sociedad, una pizca también se la debemos al poder de decisión o de injerencia que tiene cada uno de nosotros para confrontar la estructura social. En reuniones informales por diversos tugurios de la ciudad, he tocado el tema de la naturaleza humana, y por naturaleza no vamos a entender solamente el ciclo de la vida, sino a la serie de eventos que acontecen dentro y fuera de la historia de una persona ¿Acaso existirá un plan divino que dicta el devenir histórico de cada uno de nosotros? o ¿No será pues éste el infierno en la tierra, ese que relata una pléyade de profetas bíblicos?

II

¿Qué es vivir? se preguntan todos, ustedes, y yo. A pesar de ser una película del siglo pasado, considero que la cinta Ikiru de Kurosawa, puede dar cuenta de una línea explicativa muy actualizada de algunos de nuestros males contemporáneos. A través de la figura del protagonista, Kenji Watanabe, el director relata la historia de un enfermo terminal, quien encuentra el sentido de la vida en el poder de asombro y en los pequeños placeres. En ese sentido, considero que la vida se trata de no hacer caso omiso de los placeres simples y arriesgados que nos aparecen en el trayecto. En ese tenor, es preciso recuperar a la escuela filosófica de los estoicos, quienes proclamaban que el sentido de vivir no se encontraba en los principios materiales y caudales sino en la sabiduría, la experiencia y el dominio del alma que le permitiría a cada uno de los individuos alcanzar la libertad de ser humano. Asimismo, desde hace ya algún tiempo sigo la producción discográfica del cantautor Gustavo Cordera, quien a través de su canción Soy mi soberano le aprendí mucho a vivir, me parece que es todo un manual para la vida, y más que para la vida, un diálogo con nuestro propio yo, ese que nos otorga un espacio para reflexión entre el silencio y la pausa. A final de cuentas, la melodía combate las ideas de adoptar ídolos como origen de las causas. En fin, hay mucho que decir sobre la vida, las reflexiones que emanan de la mente y de la sangre, a veces más una que la otra y viceversa.

III

Tijuana, una ciudad migrante del siglo XIX, lo es, en tanto que nadie es de aquí y todo el mundo llega, se va, se queda, se vuelve a ir y regresa de nueva cuenta. Y es que somos del lugar y de quien nos quiere. En ese sentido, esta ciudad quiere mucho, pero también es fuente de peculio, odio, muerte, pobreza, concupiscencia y placeres arriesgados; circulación de tipos, tipas, pibes, pintas, pingas, puntas, lacras, tachas, ranflas, que en un abrir y cerrar de ojos se vuelven parte de nosotros. El sentido común y la interacción social en la vida cotidiana del cronista, del taquero, del cantinero y de la señora que lee las cartas también, nos nutren de experiencias. En conclusión, uno no sabe de donde es hasta que no se está, vive, convive con todos y sus circunstancias. Que, en algunos momentos, uno que otro cabrón ande lejos de la manada, no signifique que esté perdido, como caninos todos andamos, no más, resolvemos, consideramos cada una de nuestras crisis, sumamos, seguimos, atacamos, tajamos, bajamos, pero nunca sabemos si estuvimos perdidos, hasta que no andamos de nueva cuenta donde la biografía comenzó.

IV

Me gustaría tratar con mayor profundidad los temas aquí vertidos, la vida, la historia, la muerte y el amor, sin embargo, es mejor ir acotando las líneas y limitar mí licencia para matar hojas en blanco. Les prometo hacer lo que esté en mis manos para que así sea. Si algo he aprendido de una historia bien narrada es que las personas no mueren si tú no quieres que eso pase, pero es bueno enterrar y echar la suerte, sobre todo, si se trata de toda esa basura que te infla el cerebro e irrumpe la tranquilidad. Después de todo, el destino de los cadáveres es ser enterrados, quizá por el tiempo, por las olas del mar o por el baúl de los recuerdos. La vida en ocasiones me parece tan insulsa, sin sabor, debido a que se han perdido esos viejos valores en los que podías tomarte una cerveza con los amigos y amigas sin complicaciones. La simpleza de la causalidad y lo irreverente de lo inocente me han dado suficiente evidencia para demostrar que, en tiempos de cólera, unos hombres necesitan de dios y otros de la historia, mientras que yo, hasta este momento, solo necesito de su mirada.

V

Finalmente, aquí dónde la única ley que gobierna es el silencio, la persiana se encuentra entreabierta, a veces tan abierta, unos días más que otros, al ver que las promesas como los árboles también mueren de pie. Sin lugar a dudas, es una tarde fría que me remite a los lustros más oscuros de mi vida. Aquí nadie da cuenta qué llevo marcado en mi pecho un pequeño cementerio de todas las cruces que he adorado. Quedarme encerrado en este sitio, mientras arriba de nueva cuenta la temporada de cacería de brujas, ya no es prueba contundente de que sobreviviré las décadas futuras. Por ahora, cruzar la frontera a lo desconocido es la única opción que me transportará ileso, continuará.

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